
Cristina no tiene edad.
Está perdida en el laberinto de su maquillaje desalineado.
Los escombros de su cuerpo se acomodan, se visten de mujer.
Sus tacos sostienen torpemente el peso de la infamia que cargan sus piernas.
Cristina no tiene sueños.
Su espejo siempre refleja el opaco cuarto roto,
de sábanas calientes, de olores que se agitan.
Cristina no tiene piel.
Está cubierta de huellas ajenas. Sus ojos sin cielo, sus uñas desposeídas de sortilegios.
Cristina no tiene voz.
La perdió en alguna boca, en algún beso arañado.
No puede pronunciar palabras; tampoco sabría qué decir.
Cristina no tiene nombre.
Se pasea sin edad, sin sueños, sin ojos, sin piel, sin voz.
Y oscuridad tras oscuridad abre la puerta de su templo y deja entrar a cualquier intruso, sabiendo que no hay vacío tan grande como los cajones de su cuerpo.
