Mostrando entradas con la etiqueta Estoy en tus manos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Estoy en tus manos. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de octubre de 2009

Estoy en tus manos


No tiene sentido ponerme necia. El lector es quién determina qué es lo que estoy diciendo. Mis ideas son suyas. Son (soy) aquello que es capaz de interpretar. Estoy en sus manos. Mis palabras son migajas. Qué entenderá cuando hablo de amor. Cuando escribo sobre el temblor que sentí en esa plaza. La noche donde nada era verdad y vos te atreviste a desnudarme con un beso. Y yo no lloré. Me reí. Me reí y tal vez hubiese debido llorar. Porque esa noche era “esa” y se escapaba de mis manos para siempre. Para convertirse en recuerdo. O en olvido. La noche desaparecía y yo lo sabía. Y me reía igual. No sé por qué. Tal vez estaba nerviosa. Quizás sólo te estaba provocando. O quería protegerme con mi risa que también es escudo. Vos te enojaste. No entendiste mi risa. Yo tampoco. Soy tan seria que me río cuando no debo. Tengo una risa a destiempo. Desfasada de lugares. A veces me río de mi mano. De mis palabras. De mi espejo.
¿De qué te reís? A vos lector te estoy hablando.
No entiendo la risa del instante justo. Desconfío de la risa en conjunto, al unísono. La que se hace una.
Tu risa es gigante. Llena de dientes blancos. Es tan clara…
Y otra vez el lector. Que no sabe de tu risa. Que se imagina otra. Otra que no es la que yo amo.
Las palabras se me resbalan. Son tan imprecisas. Tan débiles. El lector se ríe. Sabe que estoy acorralada entre las letras y esta hoja. Estoy en sus manos. Por más que escriba él siempre va a inventar lo que intenté decir.