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lunes, 6 de abril de 2009

La sorpresita

Se subió a un taxi elegido al azar. Sólo se cercioró de que perteneciera a alguna empresa de “radio taxis”. Eso la hacía sentirse segura. Como si nadie supiera pegar en la puerta de su auto un ploter falso. No importaba. Ella sabía que podía ser un taxi apócrifo, y aún así, buscaba que aquellas letritas amarrillas estén pegadas; sino lo dejaba pasar. Indicó la dirección a la cual se dirigía. Conocía el camino de memoria. Le molestaba un poco que el conductor no tomara por el recorrido que ella hubiera escogido. Pero se aguantaba y no decía nada. De noche, siempre elegía ir por las calles más luminosas o directamente por las avenidas. Cuando estaba a unas diez cuadras de su casa, sonó su teléfono celular. Después de que sus dedos recorrieran nerviosos su cartera, salteándose papeles, una cajita de anteojos, monederos, llaves, facturas de impuestos, más papeles; atendió. Su marido le pedía si antes de llegar a su casa podía comprarle alguna sorpresita en el quiosco. Siempre pasaba lo mismo. En el momento en el cual el encuentro de la cerradura del edificio y su llave se volvía próximo e inevitable, algo sucedía. Esa escena continuamente se retardaba. Cuando más cerca estaba de llegar a su casa, más posibilidades surgían para hacer que ese tiempo se anestesiara.
Le pidió al taxista que se detuviera frente al toldo azul. Bajó del auto. Le gustaba mucho la noche, pero le generaba desconfianza. Pidió dos chocolates. En el momento en que estaba por pagar, se acercaron tres personas. Dos hombres y una mujer. – La cartera; rápido. Se aferró a ese objeto como si quisieran quitarle alguna parte de su cuerpo. Los cuatro empezaron a forcejear. Se la sacaron y salieron corriendo. Ella se quedó inmóvil. Con su brazo izquierdo hinchado y colorado. Sus papeles, sus secretos… todo estaba allí. Ahora otras manos podían pasear por sus cosas. Leer sus misterios. Seguramente ya se habían deshecho de todo. Se olvidó del taxi y empezó a caminar. Se sentía desnuda. Miraba las baldosas a ver si encontraba algún vestigio. Nada. Llegó a la puerta de su casa. Tocó tres veces el timbre del portero eléctrico. – Soy yo. Y mientras pronunció esas palabras, unas lágrimas inundaron su rostro. Sabía bien que le habían robado algo demasiado importante. Se sintió menos ella que nunca. Seguramente, sus historias aún estarían flotando en las aguas de una zanja cercana.
Los maleantes revolvieron la cartera hasta dar con la billetera. Se sintieron defraudados al encontrar unos miserables veinte pesos.