sábado, 11 de octubre de 2008

Tapas Rojas






Decidió que esa sería la última página que leería en su vida. Pensó en la inutilidad de los libros. Nunca le revelaron ninguna verdad. Se levantó y tiró el libro por la ventana. No miró hacia la calle, pero sintió el golpe de las tapas duras contra el cemento. Sonrió. Le quedaban pocos actos de rebeldía.


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Odiaba llevar paraguas, pero haría cualquier cosa para no mojarse. Apenas caían algunas gotas. No pensaba cerrarlo. Tenía que llegar totalmente seca. Faltaban pocos minutos para la entrevista. Aceleró el paso. Rápido. Más rápido. Empezó a correr. Pisó algo que la hizo tropezar. Intentó hacer equilibrio. Fue inútil. Se cayó. Se lastimó. Estaba tirada en la vereda. No podría ir a la entrevista. Insultó furiosa. Era tarde, estaba sucia, le sangraban un poco las rodillas. Tiró el paraguas con violencia hacia la zanja. Miró hacia el suelo para ver qué es lo que la había hecho caer. A su lado había un libro de tapas rojas. - ¿Un libro?- Se preguntó qué hacía un libro en mitad de la vereda. Limpió las tapas con su ropa. Empezó a caminar hacia la plaza. Se sentó en el primer banco que encontró. Abrió la primera página, la segunda, la tercera, la cuarta... -¿Un libro sin palabras?- Lo cerró y lo dejó allí. Se dirigió hacia la parada del colectivo Setenta y uno. Aún le sangraban las rodillas. Por suerte, pudo esperar debajo de un techito que la protegió de la lluvia que volvía a caer.

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Dejó que las palomas comieran de su mano. Le gustaba sentir cómo le picoteaban. Le hacían cosquilla. ¡Hacía tanto que nadie lo tocaba! Estaba cansado. Se sentó en su banco preferido. Había dejado de llover, sin embargo, aún estaba mojado. No le importó. Se sentó allí igualmente. Notó que a su lado había un libro. - ¿Un libro?- Intentó secar las tapas con su saco. Caminó hacia la esquina. Paró un taxi. Le pidió que lo llevara a la primera dirección que se le vino a la mente. Se bajó despacio y cerró la puerta. El taxi avanzó y pudo ver a través de la ventanilla del vehículo que se había olvidado el libro en el asiento. El taxi aún estaba cerca, pero no le quedaban fuerzas para gritarle al conductor que parara.

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Esperó a que su papá bajara. Abrió la puerta trasera del taxi. Sabía que, a veces, los pasajeros se olvidaban objetos que a él le gustaba coleccionar.
-¿Un libro?- Era la primera vez que alguien se olvidaba uno. Le llamó la atención el color de la tapa. Lo tomó y se fue rápidamente a su cuarto. Abrió el libro en la última página. Siempre hacía lo mismo. Los finales le confiaban si el libro valía la pena. Nada. La página estaba vacía. ¿Sería esa la intención del autor? ¿Estaría refiriéndose al vacío que deja una historia al ser terminada? Recorrió las páginas de atrás hacia adelante. ¡Todas estaban en blanco! ¿Qué significaba eso? ¿Acaso era un error de impresión? Seguía recorriendo hoja tras hoja, sin encontrar una palabra. Se convenció de que ese libro era un mensaje del escritor para aquellos lectores que pudieran comprenderlo. Un mundo de palabras que no dicen. Un mundo sin palabras. Ese silencio era más intenso que cualquier historia. Él, como lector, podía interpretar ese vacío, podía sentirlo. Cerró el libro y lo abrazó con fuerza contra su pecho. Se quedó dormido. Aún tenía lágrimas en sus ojos.

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El camión de basura tiró su carga en el descampado. Se acercó, como siempre, para ver qué podía servirle. Le llamó la atención un libro rojo, de tapas duras. Lo tomó. Era la primera vez que no se iba cargado de objetos. Tan sólo ese libro. Se alejó unos metros y se sentó en el pasto crecido que rodeaba al basural. Sacó del bolsillo de su saco un encendedor. Arrancó una a una las hojas del libro. El fuego duró más tiempo de lo que pensaba. Esa noche pudo dormir calentito.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy bueno!